Una nueva vida.

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Kaileena
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Una nueva vida.

Mensajepor Kaileena » 21 Ago 2017 23:48

[cuenta]Kaileena[cuenta][personaje]Isolda[personaje]

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     El viaje desde Puerto Soldado hasta Surlt fue cuanto menos curioso. Isolda contó con la ayuda incuestionable de Cedric y Sylvie. Después se unió el apoyo de Diane, otra occidental, y de Aira, Iniciada de Chalana Arroy que trajo consigo a un bárbaro llamado Oak. El grupo dejó la ciudad portuaria tras los buenos deseos de Henry, mentor de Isolda, y puso rumbo a los caminos de las ciudadelas. Lo que pretendía ser un viaje pacífico terminó por convertirse en una emboscada de asaltantes que no tuvieron un mínimo de consideración por aquella peregrinación. Afortunadamente sólo hubo que lamentar una torcedura de tobillo que no llegó a más gracias a los conocimientos de Diane como galena. La humilde ciudad de Surlt no les recibió de inmediato. Desgraciadamente se retrasaron más de lo debido y les sorprendió la noche, de manera que debieron pernoctar en las murallas hasta que, al amanecer, los guardias les permitieron entrar. Aira fue directa al templo, mientras que el resto de la comitiva se dirigió a la posada para descansar.

     Isolda tenía los nervios a flor de piel. Apenas pudo dormir a causa de la impaciencia. Debía prepararse y debía hacerlo bien. Un solo error podía conllevar a que negasen su ingreso en la iglesia. Después de tres horas de sueño velado, se puso en pie para repasar los salmos y el juramento que pronunciaría frente a quienes con suerte acabarían convertidos en sus hermanos de fe. Los conocía de memoria, pero la inquietud y temor de un olvido casual estaban ahí, drenando su confianza y sembrando su mente de ideas poco productivas. Llegado el momento, alguien llamó a la puerta de la habitación donde se hospedaba. Isolda cedió el paso entonces a una acólita de pelo oscuro y ojos castaños que fue enviada para instruirla en la ceremonia y ayudarla a prepararse. Aysha, como así se llamaba, la bañó y peinó con la ternura de una madre que aguarda el día más importante para su hija. Después la ayudó a vestirse. El vestido, como era de esperar, era totalmente blanco e impoluto, pero de una calidad superior a la habitual al ser Isolda hija de mercaderes acaudalados. Un velo dorado cubrió sus cabellos castaños, bien recogidos a conciencia a ambos lados de la cabeza. Por último un abrigo carmesí se deslizó por sus hombros hasta rozar el suelo, escondiendo bajo el mismo casi la totalidad del blanco de la futura Iniciada. Aysha la dejó sola durante unos minutos que Isolda dedicó a la reflexión y la autocontemplación. Nunca se habría imaginado que tomaría el hábito y pronunciaría los votos tan lejos de la tierra que la vio nacer, Esrolia. Pero allí estaba. La única Asworth que residía en la Isla de los Grifos. A pocos metros del templo y en una habitación cuyas paredes de madera no eran capaces de opacar su presencia.

     Y el momento llegó. Aysha regresó a la habitación con una sonrisa reluciente en su tez morena. Isolda no necesitó adentrarse en su mente para saber que seguramente estaba recordando el día que ella mismo juró los votos.
     —Tienes que recorrer el camino desde la posada hasta la capilla a pie y con esto —dejó una vela de color blanco en la mano diestra de la muchacha—. Procura que no se apague.

     Aysha encendió la vela con ayuda de un candil. Después se hizo a un lado y dejó pasar a Isolda, que caminó al exterior de la posada bajo la atenta mirada de los pocos parroquianos que ya estaban allí, hablando entre sí o despertando de una larga noche de juerga. Comprendió que no sería la única joven en adentrarse en el culto en cuanto puso un pie en la calle; había más aprendices, hombres y mujeres, yendo hacia la capilla ataviados de la misma forma que Isolda y con la misma vela blanca encendida entre sus manos. También se percató de que no era la única cuyos nervios se mostraban claramente en un rostro de ceño fruncido y mirada temerosa. Todos ellos, mientras caminaban, oraban en silencio, con absoluta devoción, a la que todo lo cura, dispuestos a entregarles toda una vida de estudio, dedicación y ayuda al prójimo.

     Y todos ellos vieron sus nervios calmados en cuanto pusieron un pie en el interior del templo. Una sensación difícil de explicar, como también de olvidar. Se sintieron abrazados por una fuerza invisible, algo que velaba por sus corazones, algo que les hacía sentir que aquella, y no otra, era su única casa. El hogar al que verdaderamente pertenecían. Les colocaron en una fila horizontal frente al altar. Éste, a su vez, estaba presidido por una sacerdotisa de edad cercana a los cuarenta, cabello encanecido y ojos amables. A ambos lados aguardaban los mentores de los muchachos recién llegados. Uno a uno fueron llamados en una ceremonia íntima, pero larga, donde debían dar parte de la vida que dejaban atrás y la vida que querían tomar.

     —Isolda Asworth —llamó entonces la Sacerdotisa.
     —Ecce ego sum —respondió ella; “aquí estoy”, presentándose ante su superiora.

     Isolda dio un paso al frente, donde un cojín de terciopelo blanco había sido dejado en el centro de la capilla. Posó en éste las rodillas y abrió sus brazos, con las palmas hacia fuera, simulando la imagen típica de Chalana Arroy, mas su mirada permaneció baja en un gesto de humildad y obediencia a la Diosa. Percibió movimiento a su izquierda, y al mirar de reojo, vio a Henry, su mentor, de pie junto a ella. Vestía sus ropas de acólito, e Isolda tuvo que reprimir una sonrisa divertida al ver que se había afeitado su preciada barba rubia para la ocasión. Seguramente habría estado despotricando durante días por la exigencia.

     —Reverendísima Manos Blancas —entonó Henry con su voz grave, inclinándose respetuosamente ante la Sacerdotisa—. La santa iglesia de la que todo lo cura pide que ordenes Iniciada a esta nuestra hermana.
     —¿Sabes si es digna? —cuestionó la Sacerdotisa.
     —Según el parecer de quien la presenta, Henry Stuart, Acólito de la Dama Blanca, y después de haber consultado al pueblo libre, doy testimonio de que así ha sido considerada.
     —Con el auxilio de Chalana Arroy —alzó la voz la Sacerdotisa—, nuestra Señora de la Sanación, elegimos a esta hermana nuestra para su ordenación como Iniciada.
     —Loada sea —entonaron todos los presentes al unísono.

     La Sacerdotisa deshizo la distancia que la separaba de Isolda. Pronunció unas palabras desconocidas para la joven, pero que supo reconocer como una petición a Chalana, e impuso sus manos en la testa de la postulante. Una luz blanca y azulada iluminó sus cabellos castaños mientras el sortilegio de Revelación se llevaba a cabo y escudriñaba las pretensiones de la esroliana.
     —Chalana Arroy, la Sanadora —oró la Sacerdotisa—. La que todo lo cura, la Dama Blanca de los Portadores de la Luz. No hay dolor que pueda vencer sus suaves cuidados. Curó al Señor de las Tormentas cuando la pena le enloqueció. Se adentró en el Inframundo y trajo de vuelta la luz a nuestro mundo sanando las heridas del Emperador del Sol. Curó al mundo e hizo que regresara a la vida. En sus manos yace el bienestar de su pueblo, y así seguirá siendo hasta que no haga falta una nueva curación. Oremos por nuestra hermana, Isolda Asworth, que hoy se presenta como una hija más dispuesta a llevar consigo los dones de nuestra Diosa y Señora. Jura.

     Isolda inspiró hondamente antes de hablar. Cuando lo hizo, su voz sonó clara y firme. Cargada de decisión, pero también tremendamente emocionada.
     —Juro por Chalana Arroy, la Sanadora, la que todo lo cura, Dama Blanca de los Portadores de la Luz, y pongo por testigos a todos los dioses y diosas, de que he de observar el siguiente juramento, que me obligo a cumplir en cuanto ofrezco, poniendo en tal empeño todas mis fuerzas y mi inteligencia.
     »Tributaré a mis maestros de medicina el mismo respeto que a los autores de mis días, partiré con ellos mi fortuna y los socorreré si lo necesitaren; trataré a sus hijos como a mis hermanos y si quieren aprender la ciencia, se la enseñaré desinteresadamente y sin ningún género de recompensa.
     »Instruiré con preceptos, lecciones orales y demás modos de enseñanza a mis hijos, a los de mi maestro y a los discípulos que se me unan bajo el convenio y juramento que determine la Iglesia, y nadie más.
     »Estableceré el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia. No accederé a pretensiones que busquen la administración de venenos, ni sugeriré a nadie cosa semejante.
     »Pasaré mi vida y ejerceré mi profesión con inocencia y pureza. No portaré arma alguna con intenciones vejatorias, ni heriré o impartiré dolor sin motivo o razón a cualquier criatura viva de este mundo. En su lugar les traeré paz sin importar su condición, especie, raza o religión. Sólo el Caos estará exento de este, mi juramento.
     »En cualquier casa donde entre, no llevaré otro objetivo que el bien de los enfermos; me libraré de cometer voluntariamente faltas injuriosas o acciones corruptoras para con mujeres u hombres, libres o esclavos. Evitaré sobretodo acciones o relaciones vergonzosas que dejen en entredicho la fe y nuestra amada Iglesia.
     »Guardaré secreto sobre lo que oiga y vea en la sociedad por razón de mi ejercicio y que no sea indispensable divulgar, sea o no del dominio de mi profesión, considerando como un deber el ser discreta en tales casos. Si cumplo con fidelidad este juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, séame otorgada la bendición de Chalana Arroy, honrada siempre entre los hombres; si lo quebranto y soy perjura, caiga sobre mí la suerte contraria.

     —Oremos —indicó la Sacerdotisa—. Chalana Arroy, la Sanadora. La que todo lo cura, la Dama Blanca de los Portadores de la Luz. No hay dolor que pueda vencer sus suaves cuidados. Tú que curaste al Señor de las Tormentas cuando la pena le enloqueció. Tú, que te adentraste en el Inframundo y trajiste contigo de vuelta la luz a nuestro mundo sanando las heridas del Emperador del Sol. Curaste al mundo e hiciste que regresara a la vida. En tus manos yace el bienestar de nuestro pueblo, y así seguirá siendo hasta que no haga falta una nueva curación. Perdona nuestros pecados, purifica nuestro alma y guíanos en este camino de misericordia, bondad y lealtad. Hacia ti, hacia nuestros preceptos y hacia la vida. Bendita seas, y bendito sea contigo el don que nos regalas. In nomine deam.
     —In nomine deam —repitieron todos los presentes.
     —Rezamos por nuestra hermana, Isolda Asworth, que hoy ha nacido bajo la luz de un nuevo día.

     Henry se inclinó y retiró con sumo cuidado el velo dorado de la cabeza de Isolda.

     —Rezamos por nuestra hermana, Isolda Asworth, que ha nacido dejando atrás toda pena y dolor que representa la sangre de los mortales, fieles servidores de la Dama Blanca.

     De la misma forma, su mentor retiró el abrigo de color rojo y dobló éste en su brazo.

     —Llevas contigo la llama de la esperanza, que te ha sido entregada para que alumbres a los necesitados y que se espera que traigas de vuelta, con honor, a tu hogar.

     Esta vez fue Aysha, la misma acólita que la había preparado, quien retiró la vela encendida con una sonrisa reluciente y ojos brillantes de emoción.

     —Hoy te vemos vestir el blanco de una nueva vida —concluyó la Sacerdotisa—. El blanco de la pureza. El blanco de la bondad, de los buenos deseos y las buenas intenciones. Hoy has jurado, y ese juramento formará parte de tu presente y tu futuro. Levántate, hermana Isolda. Hoy eres, ante los ojos de los dioses, Iniciada de la que todo lo cura.

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